Eleanor Roosevelt no comenzó como recuerda la historia de la serena Primera Dama. Nació con dinero y privilegios en la ciudad de Nueva York, rodeada de riqueza que, en última instancia, le ofrecía poco refugio emocional. Su infancia estuvo marcada por una aplastante sensación de aislamiento. Era tremendamente tímida. El dolor golpeó fuerte y temprano. Sus padres murieron cuando ella tenía sólo nueve años.
Huérfana y a la deriva, necesitaba un escape. Esa fuga se produjo en la forma de Altona Hall, un internado para niñas cerca de Londres. No era sólo una escuela. Era su santuario.
“La época más feliz de mi vida fueron los tres años que pasé en un internado para niñas cerca de Londres.”
Esos tres años cambiaron todo. Bajo la guía de su tía, Madame Bulwer-Lytton, Eleanor pasó de ser una niña tímida y torpe a una joven segura de sí misma. Aprendió a montar a caballo. Ella jugaba tenis. Aprendió a hablar. La estructura estricta y el entorno de apoyo le brindaron las herramientas que necesitaría por el resto de su vida.
Se graduó a los 18 años. Pero la niña tranquila y tímida que llegó a Londres ya no estaba. En su lugar había una mujer dispuesta a afrontar el mundo.






















