Para una generación que creció a principios de la década de 2000, America’s Next Top Model (ANTM) era más que solo entretenimiento. Fue una fuerza cultural que reflejó (y amplificó) la cultura dietética generalizada de la época y los estándares de belleza poco realistas. Si bien el programa no inventó la gordofobia, enalteció la delgadez extrema e inculcó el mensaje de que la apariencia era primordial, dejando un rastro de daño psicológico a su paso.
Un reflejo tóxico de la cultura de principios de la década de 2000
ANTM debutó en un momento en el que la delgadez se promovía agresivamente en los medios y la sociedad. El programa no creó estas presiones, pero las reformuló para una audiencia joven, haciendo que ideales inalcanzables parecieran aspiracionales. Los concursantes enfrentaron un escrutinio implacable de sus cuerpos, y Tyra Banks a menudo les lanzó duras críticas: desde avergonzar a los concursantes por no tener estómagos planos hasta presionarlos para que realizaran cambios de imagen extremos, incluidos procedimientos cosméticos como cierres de dientes separados.
El programa a menudo presentaba modelos de “tallas grandes” como otras, obligándolas a situaciones humillantes en las que la ropa ni siquiera estaba disponible en sus tallas. Incluso la propia etiqueta “talla grande” estaba sesgada, ya que mujeres que no habrían sido consideradas como tales en la vida cotidiana fueron etiquetadas como tales dentro de la industria de la moda.
De la visualización a la interiorización: el coste personal
Los mensajes del programa se filtraron en las mentes de los espectadores, incluida Jennifer Rollin, una terapeuta de trastornos alimentarios ahora recuperada y fundadora de The Eating Disorder Center. Rollin recuerda haber internalizado la idea de que “cuanto más pequeño era mejor”, cuando era niña, la llevó por un camino peligroso de dieta restrictiva y obsesión por sí misma. A pesar de los elogios de la sociedad por su pérdida de peso, su comportamiento se convirtió en anorexia, una condición que inicialmente ni siquiera reconoció como tal.
El problema no se trata sólo de los trastornos alimentarios. El programa reforzó la idea de que la autoestima está ligada a la apariencia, lo que contribuye a problemas más amplios de imagen corporal y angustia psicológica. Rollin enfatiza que no se puede diagnosticar visualmente un trastorno alimentario; menos del 6% de los enfermos tienen bajo peso desde el punto de vista médico. El daño real suele ser invisible.
El ciclo continúa: cultura moderna de pérdida de peso
Si bien ANTM ya no está al aire, el problema subyacente persiste. Hoy en día, los medios de comunicación siguen promoviendo la delgadez extrema, a menudo ayudada por medicamentos como Ozempic. El movimiento “Make America Healthy Again” promueve visiones en blanco y negro sobre la alimentación y el peso, reforzando aún más la retórica dañina.
Las lecciones de ANTM deberían servir como una llamada de atención. El hecho de que algo esté normalizado no lo convierte en saludable. La próxima generación merece algo mejor que heredar una cultura obsesionada con estándares de belleza y una cultura dietética inalcanzables.
El legado de ANTM no se trata solo del programa en sí, sino de las fuerzas culturales más amplias que reflejó y amplificó. Hasta que no examinemos críticamente cómo la sociedad promueve prejuicios contra las grasas e ideales poco saludables, corremos el riesgo de repetir los mismos errores para las generaciones venideras.

























